Me despertó el frío de los azulejos en la espalda. Respiré hondo y erguí la cabeza, que estaba sostenida por los brazos colgando entre las rodillas, para enderezar el cuello y hacer que tomara contacto con el frescor de la pared.
Sentía el estómago lleno de líquido. Poco a poco fui volviendo en mí. Estaba en el baño. Había pasado parte de la mañana abrazado al inodoro. En él todavía flotaba la última vomitada. El olor a ácidos estomacales mezclado con la tortilla de papas que había cenado la noche anterior, cuyas sobras devoré apenas llegué, a las seis de la mañana, me tocó la boca del estómago. Como pude me levanté, estiré el brazo y apreté el botón. Con la mano, le dije adiós al revoltijo que se iba haciendo espirales. Bueno, todavía estaba un poco borracho.
Cerré los ojos y caminé hasta la cocina, siguiendo el camino de memoria. Tomé un vaso de agua. Volví a respirar hondo. Abrí los ojos. Me miré los pies, después las piernas, después la pija.
En el living estaba regada mi ropa: jean, una media y la otra, una zapatilla y la otra, la camisa estaba prolijamente acomodada en el respaldo de una silla. No dejo de ser yo en ninguna circunstancia.
No tardé en encontrar el bóxer, que estaba en el baño, atrás del bidet. Era mi bóxer preferido, rayado, lo olí para saber si podría ponérmelo de vuelta esa noche. Tenía mucho olor, pero no era mío. Tenía un olor raro. Me excité y tuve ganas de masturbarme, pero no lo hice porque supuse que me aumentaría el dolor que sentía en las cervicales.
Miré la hora en el celular. Había un mensaje de texto de un número no registrado en la agenda, enviado a las seis y media de la mañana. “Me encantó conocerte”, decía.
De la madrugada anterior, sólo me recordaba a mi mismo comiendo frenéticamente la tortilla que había sobrado.
Me fui a la cama, para continuar durmiendo, no sin antes contestar: “a mi también”.
Sentía el estómago lleno de líquido. Poco a poco fui volviendo en mí. Estaba en el baño. Había pasado parte de la mañana abrazado al inodoro. En él todavía flotaba la última vomitada. El olor a ácidos estomacales mezclado con la tortilla de papas que había cenado la noche anterior, cuyas sobras devoré apenas llegué, a las seis de la mañana, me tocó la boca del estómago. Como pude me levanté, estiré el brazo y apreté el botón. Con la mano, le dije adiós al revoltijo que se iba haciendo espirales. Bueno, todavía estaba un poco borracho.
Cerré los ojos y caminé hasta la cocina, siguiendo el camino de memoria. Tomé un vaso de agua. Volví a respirar hondo. Abrí los ojos. Me miré los pies, después las piernas, después la pija.
En el living estaba regada mi ropa: jean, una media y la otra, una zapatilla y la otra, la camisa estaba prolijamente acomodada en el respaldo de una silla. No dejo de ser yo en ninguna circunstancia.
No tardé en encontrar el bóxer, que estaba en el baño, atrás del bidet. Era mi bóxer preferido, rayado, lo olí para saber si podría ponérmelo de vuelta esa noche. Tenía mucho olor, pero no era mío. Tenía un olor raro. Me excité y tuve ganas de masturbarme, pero no lo hice porque supuse que me aumentaría el dolor que sentía en las cervicales.
Miré la hora en el celular. Había un mensaje de texto de un número no registrado en la agenda, enviado a las seis y media de la mañana. “Me encantó conocerte”, decía.
De la madrugada anterior, sólo me recordaba a mi mismo comiendo frenéticamente la tortilla que había sobrado.
Me fui a la cama, para continuar durmiendo, no sin antes contestar: “a mi también”.
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